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Dio. Nada más, nada menos.

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Dio. Nada más, nada menos.

Mensaje por Dio el Dom Feb 17, 2013 2:37 am

Nombre: Dio. Ni más, ni menos.

Apodo:

Fecha de Nacimiento: Algún día de Agosto de 1916.

Edad: 15.

Carga: Destino.

Rango/Oficio: Mendigo.

Sexo: Masculino.

Orientación Sexual: Heterosexual.

Descripción Física:

No es como si deseara verme de otra forma...

Como el más lastimero joven de su edad, pero una sonrisa que parece quedarse en el incluso cuando no sonríe. Cabellos rubios que dan la impresión de estar húmedos, un solo ojo de color ámbar que vendría siendo el izquierdo, una piel blanca que parece casi la de un cadáver, y un aire de solemnidad típica de quienes han conocido el oficio del cementerio. De 1.70 de altura, delgado, y con manos que por curiosidad no se ven desgastadas. Su vestuario llega a ser humilde, siendo ropa cedida de su hermano mayor, que aunque sea vieja parece bendecida por miles de demonios o ángeles. La misma no se ha roto mas allá de rasgaduras que no puedan remendarse sin que se noten las costuras. Pantalones de color oscuro, una camisa que una vez fue blanca y ahora parece color beige, y unos tirantes que si bien no son necesarios, dan un toque clásico a su aspecto. Dio es como cualquier chico común de la clase baja.

Imágenes:



Descripción Sicológica:

Inexpresivo... Sabiendo sonreír nada más con esa mirada triste. Es como si no tuviera emoción alguna, mucho menos piedad alguna.

Dio es la prueba de que pueden haber personas sin aparente rencor, y por eso parece que están muertos. Decir que ha sentido envidia sería mentir, y creer que desde siempre ha sido raro es acertar por completo. Se comporta de manera altruista y se expresa con notoria amabilidad. No se ha sentido orgulloso de nada jamás, ni siquiera de su familia, o de alguien ajeno. Si bien aprecia el aprendizaje, sabe que el mismo debe pasarse siempre a los interesados en el mismo, creyendo con firmeza que de nada sirve saber para sí mismo. Se puede pensar que no quiere nada para él, y podría ser cierto, dado que no emplea de forma egoísta sus habilidades. Es evidente que no soporta sentirse impotente, pues claramente parece querer ser responsable de todo. Disciplinado, queriendo ser diligente, y no pedir nada a cambio más que confianza en su persona.

Es alguien que puede matar y no quitar su solemne expresión.

Gustos y Aficiones:

- Ser útil.
- La tranquilidad.
- Tallar figuras de madera.

Disgustos y Odio:

- La impotencia.
- Causar malos ratos.

Miedos y Fobias:

- A ser inútil en todo sentido.

Historia:

Desde temprana edad, Dio aprendió a ensuciar sus manos con el lodo y el polvo del trabajo.
A sus 15 años, aprendió a ensuciar sus manos con sangre.


Dio, sin apellidos, sin madre, solo un hermano ocho años mayor que él, y un padre que no era malo, pero era obvio que tampoco bueno. Ricard, el primer hijo del Dr. Rhode, ayudo casi por completo a los cuidados de Dio durante sus tres primeros años de vida. No se puede decir que un niño de ocho años haya sido un buen cuidador para un bebe, pero poca ayuda necesitó para lograrlo, aunque recibió ayuda de conocidas de su padre y del propio Doctor que a ratos se encargaba de proporcionar a sus hijos cuidados ajenos a vínculos familiares... Pues Rhode no deseaba que se supiera que los niños eran sus hijos. La infancia de Ricard se basó en el trabajo físico y en los cuidados que debía proporcionar a Dio antes de que sirviera de alguna utilidad a su padre, mas no fue del todo abandonado, ni mucho menos maltratado. Tal cual era el destino que le esperaba al hermano menor.

Los años pasaron.
No todos somos genios Dio. Pero no es excusa para que seamos ignorantes.

Con el pasar de cinco años, el Dr. Rhode se encargo de enseñarle a Dio lo más básico y útil que un ser humano puede saber: Leer y escribir. No necesitaba que el chico fuese un ilustrado catedrático, pero sabía que tanto él como Ricard necesitarían eso a todo momento, pensando en las labores que tenía pensadas para ellos. Les enseño lo común en los números, y lo más importante, el valor de la obediencia y la disciplina. No les maltrato, porque no fue necesario; esos chicos eran extraños. Parecían no tener emociones, ni pensamientos propios, ni deseos infantiles, aparte de querer trabajar en todo lo que pudieran. Mientras Ricard ya se encontraba ayudando al Dr. Rhode en su consultorio, y manteniendo el jardín de la vivienda de ellos en buen estado, Dio aprendía el lugar correcto de los objetos, por lo que se encargaba de momento de ordenar cosas en casa. No hubo día que no comiera, ni tampoco desorden aparente en el hogar. No lo hacía por recibir un aplauso... Pues entendía que eso era lo que debía hacer.

Ricard, por otra parte, le hablaba y recordaba siempre que el crecer es una responsabilidad. Que estuviese preparado, y que no pensase nunca con egoísmo. No debía dudar que era alguien necesario, pero tampoco pensar que era indispensable. Por eso su trabajo, fuese el que fuese, debía ser impecable. Y que por nada del mundo, debía desobedecer. El respeto y la paciencia son siempre virtudes.

Los años pasaron.
Debes entender que hay cosas que se pueden hacer y otras que no. Desobedecer es una de ellas...


A la edad de siete, el Dr. Rhode contrajo matrimonio nuevamente. Le resultaba un hecho curioso a Dio, pero su hermano le explico que no debía involucrarse en sus decisiones. No debía preguntar, solo asentir frente a su padre, y nunca revelar a la nueva esposa que ambos eran hijos del doctor. Fue una regla fácil de aceptar, pero no podía evitar pensarlo, o incluso comentarlo con su hermano durante los momentos en que ambos se encontraban libres de labores. Su nueva esposa era una joven huérfana, conocida en el pueblo por trabajar en una licorería, y por tener una hermana de la misma edad de Dio, de nombre Rachel.

Los años pasaron con suficiente velocidad como para lograr que el chico alcanzara pronto los trece años de edad. Su hermano ya adulto se había convertido en un herrero y carpintero en el poblado, mientras que Dio empezó a ayudar a su padre, el doctor, sin ser reconocido públicamente como hijo. Algo que no le importaba, y que prefería seguir manteniendo. Fueron esos días en que perdió parte de la natural vibra de los vivos, para tener un aura casi funesta sobre sus hombros.

Su padre ciertamente era un doctor, pero estaba loco. Y lo comprobó después del cumpleaños número 9 de su media hermana, nacida en el más reciente matrimonio del Dr. Rhode. El mato a su nueva esposa justo como hizo con las anteriores, y quedándose con solo su cráneo y ojos, entrego el cadáver a Dio con la finalidad de que se deshiciera del mismo. Antes de que todo terror pudiera destruir su cordura, Ricard entró en la habitación, colocando las manos sobre los hombros de Dio, y guiándolo hasta afuera, le revelo el más importante trabajo de ellos, los hijos varones: El trabajo de Sepultureros.

Su hermano trabajaba como sepulturero en el cementerio local, y era el turno de Dio de poder participar en dicho empleo. Aunque fuera un chico, había desarrollado una fuerza bastante apta para sostener una pala y cavar un hoyo. Comprendió como todas las obligaciones de Ricard involucraban también la fabricación de ataúdes, y el uso de herramientas, todo para encubrir los crímenes del Dr. Rhode. La mente del muchacho ya estaba rota desde el nacimiento de todas formas, por tanto acepto sin pensarlo más, a ser un ayudante en esas conductas. No pareció importarle que su madre hubiese sido asesinada... Pues le ordenaron que no debiera decir nada al respecto.

Durante los siguientes dos años, Dio se hizo cargo de las labores de jardinería en el hogar, como también ayudar a su hermano en las labores de carpintero, y como sepulturero. Para los demás, eran llamados "Los hijos de los muertos", al no saber nada de sus padres.

Pasaron los años...
¿Cómo puedes ser tan despiadado y cruel? ¿Cómo es que de aprender a cavar una tumba, cavas la de tu padre?[/color]

Dio se hizo más silencioso que de costumbre, junto como Ricard después de los trece años. Ni un accidente logro detener su desesperación por el trabajo, accidente ocurrido a sus catorce años. Mientras miraba a su hermano mayor forjar un metal, cuando una punta ardiente alcanzo su ojo derecho y lo destruyo rápidamente. Siendo el inicio de un periodo de tragedias a manos de la locura, se podía observar como los muchachos actuaban como si no tuvieran alma. Demasiado amables al hablar con ellos, demasiado callados cuando se les miraba estando solos.

Dio ya era lo suficientemente grande para cortar madera, y cada vez cavaba con más velocidad. No tenía aun la experiencia para hacer trabajos de carpintería muy elaborados, pero se volvió bueno tallando madera y haciendo muñecas para su hermana pequeña. Usando ahora vendas para cubrir las quemaduras de su cara y la pérdida de su ojo, podía verse tal vez más lastimero, o más terrorífico si se pensara en como seria su rostro, y en el aspecto que le daba eso cuando caminaba con una pala en sus manos.

A los quince años todo termino. La común, o mejor dicho, enfermiza vida que había llevado finalizó junto con su último trazo de cordura. Era de noche, y llegaba a casa en compañía de Ricard, ya a horas en las que las dos niñas debían estar dormidas y el Dr. Rhode reposando después de un día de trabajo.

Pero en cambio, desde dentro de la vivienda podía verse luz, demasiada. Estaba claro lo que ocurría, por lo que Ricard se movió hasta el patio trasero tan rápido como sus piernas le permitieron, y tomando el hacha usada para la leña, destrozo la puerta con todas sus fuerzas. Si bien Dio estaba listo para casi todo, no podía ni pensar lo que aguardaba entre las llamas.

Rachel, buscando la justa venganza por la muerte de su hermana, había incendiado toda la casa, y enfrentando al doctor con solo un cuchillo. Esa escena bastó para que los años en los que Dio soporto en silencio todo, siendo algo que no lo afectaba de ninguna manera, acabaran explotando en un impulso tan salvaje, que sosteniendo en sus manos un martillo que consigo llevaba siempre, se lanzo contra el asesino demente que jamás permitió que lo llamara "Padre". Si bien sabe que nada de eso hubiese pasado, de no ser por la voz de su hermano mayor, o la de Rachel, que le dijeron al unísono una sola frase.

"Dio, mátalo"

Nunca odio a su Padre, ni sintió que dependía de su amor para vivir. Solo lo asesinó... Porque se lo ordenaron.

No hizo falta decir que Dio prefirió enterrarlo en el jardín que cuidó por unos años. Por mucho que trataron de detenerlo, el chico ya había vuelto a ser un autómata. Luego de ajustar su martillo de hierro a su pantalón, y de dejar a su pala metálica reposar sobre su hombro, se fue del lugar con una sonrisa, deseando a todos una feliz vida.

Ya no sabía que hacer, ni donde ir... Por eso caminó, y caminó, y siguió caminando sin rumbo... Hasta quedarse frente a una casa bastante grande, con paredes lo suficientemente solidas para recostarse un poco, solo quería dormir un poco. Y de ser posible, que le dejaran entrar... Siendo la única cosa que pediría.

Pertenencias:

- Un cuchillo pequeño, con una hoja de 15 cm.

Spoiler:

- Un martillo metálico de 40 cm aproximadamente. Un regalo de su hermano.

Spoiler:

- Una pala hecha de metal. El mejor regalo de su hermano.

Spoiler:

Extras:

No tiene contemplación alguna en matar. Pero trabajar de sepulturero le hizo entender lo que significa la muerte.

Nombre Original del Personaje: Dio
Serie/Manga/Videojuego del que proviene: Mad Father

Dio
Mendigo
Mendigo

Edad : 15
Carga : Destino
Mensajes : 19
Botones : 15
Puntos de Favor : 0
Fecha de nacimiento : 01/08/1916

Inventario
Arma Equipada:
Salud:
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Re: Dio. Nada más, nada menos.

Mensaje por Nicholas Donovan el Dom Feb 17, 2013 4:56 pm


"La muerte no es olvido, sino que es perdón. Uno no escapa de ella, sino que uno la abraza con todas sus fuerzas una vez que llega. Tú eres la prueba andante de ello."

† - † - † - †

"Be carefull peasant, i'm your prince, i'm your master, i'm everything in your world..."  

Nicholas Donovan
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