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The poor, ugly and grotesque Justine

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The poor, ugly and grotesque Justine

Mensaje por Cruel Justine el Vie Mar 22, 2013 10:11 am


“Cruel” Justine Lornsange



09/01/1992


19 Años reales/ 8 Años aparentes


Destino


Mendiga


Femenino
Homosexual



¿Cual será el nombre que vosotros me daríais, su majestad?

Datos físicos

↘DESCRIPCIÓN FÍSICA:
Hay quienes dicen que la mitad de la belleza se encuentra en la persona y la otra mitad en el ojo del espectador… pues, en el caso de esta niña, no hay primor que se le aferre a la piel ni fealdad que no deje tuerto a quien le contempla.

Aunque es preciso aclarar, antes que nada, que Justine cuenta con una deficiencia en la hormona somatotropina (la del crecimiento) sometiendo a su cuerpo a un enanismo equitativo o, lo que es igual, una imperecedera niñez. Y con esto no busco asegurar que ella no siga creciendo, sino que su desarrollo corporal va a pasos considerablemente más lentos, hasta letárgicos, en semejanza a sus coetáneas. Muy probablemente a la edad de los 37 años recién este logrando esa apariencia adolescente que hace décadas le debió haber asistido.

Dicho esto, podríamos empezar la descripción partiendo de un rostro anémico, notoriamente expresivo, pero indudablemente curtido por el paso de los años; de mejillas redondas, una frente lisa, amplia y la nariz más redondita que en este mundo haber pueda. Dueña de un par de labios finos, sonrosados por esa ternura de edad aparente con la cual engaña, pero que, sin embargo, no pueden evitar encontrarse frecuentemente apretados por la ansiedad de los nervios reprimidos. Los ojos sean, quizás, los únicos que desmienten toda esa involuntaria niñez; un par de fanales azulados, despiertos y maliciosos, esquivas de toda expresividad y posesos por una cierta perdida de la paciencia y la piedad; coronados por un juego de pestañas oscuras y frondosas; enmarcados, dicho sea de paso, por ambas cejas algo espesas y separadas. De dientes blancos, en su mayoría, a excepción de los colmillos que están levemente amarillentos y, gracias a que nació sin los incisivos laterales (tanto de arriba, como de abajo), estos caninos tienden a notarse ligeramente más grandes que los de cualquier otra muchacha, pero esto no es más que una sensación. Indudablemente sus orejas están destituidas de cualquier orgullo: algo grandes y largas; bien ocultas bajo esa lluvia de cabellos cortos y sucios, desordenados, castaño oscuro y grasos al tacto.

Pero ahora, abandonando un poco el rostro, podríamos prestar atención a ese cuello delgado y largo, tan poco acostumbrado de verse en una menor. De pecho plano, cintura discreta y una barriga hundida. Sus hombros son redondeados y gráciles, como los de un pajarito chiquito. Por supuesto que damos por sentado que esta prosopografía no le concierne a alguien que resalte por su fuerza física, así que ambos pares de brazos y piernas son delgados, prácticamente enclenques y enfermizos; aunque despliegan un par de manos ágiles, finas y sensibles. Los pies, en cambio, los trae en un calamitoso estado y se les pueden ver siempre con la suela sucia o las uñas partidas, cortadas hasta casi la cutícula, delatoras de un inexistente cuidado personal.
Como se podrá intuir posee una altura pequeña (1,35 m) y un peso pluma (25Kg) debido a su muy mala alimentación (y que suele entrar en debate con aquella carita de aspecto saludable, aunque socarrón). Y vale aclarar, para un complemento general, que, y extremado por su intensa palidez, Justine es dueña de un juego infinito de cicatrices originadas por laceraciones y hematomas de distintas procedencias (hay uno que nunca se le quito en su parpado inferior derecho; una vez sufrió un golpe allí y los vasos sanguíneos entienden nunca haber querido cesar la dilatación).

Pese a que siempre supo rebuscárselas por el lado económico (y se supone que en el convento donde se crió le impartieron ciertas reglas de etiqueta) a esta niña le gusta vestirse lo más simple posible: una camisa de algodón, un chalequito de lana fina por si hace frío, un pantaloncito cuya tela o color le cae en la más absoluta indiferencia y unos mocasines negros son parte de su repertorio de preferencia. Aunque, por supuesto, vale admitir que ella guarda cierta curiosidad de saber como le quedaría un vestido de vinilo o de seda; pero es tan conciente de su fealdad pasiva que prefiere tirar todo a favor de una sobriedad absoluta.

Trae consigo un perfume propio, para nada agradable; una especie de mixtura entre la humedad, la mugre y el encierro, que rara vez puede despegarse o hacer que abandone sus ropas (y, aunque llegase a lograrlo, éste inevitablemente regresa a las pocas horas); como si toda ella estuviera condenada a heder a tumba o traiga consigo los perfumes de la muerte.

↘IMÁGENES:
Spoiler:


Datos psicológicos

↘DESCRIPCIÓN PSICOLÓGICA:
Los desgraciados, las más de las veces, suelen consolarse en las lágrimas de otros desdichados. Y yo, personalmente, creo que la falta de amor justifica y ampara cualquiera sea la rama del vicio, el crimen o la impiedad de pensamiento. Es así, pues, que la señorita Justine no es más que un producto de las profundas laceraciones emocionales que secundan a la depravación mal versada, la soledad excesiva y el hastío profundo.

Para entender a esta niña no es necesario que se acuda a un juicio analítico y complejo; por el contrario, ella es sumamente transparente y nada hace por ofuscar esa malicia tan sagaz que bien supo nacer y manarse de su corazón cansino. Es esencialmente mala. Le es imposible ver por los ojos de los demás, sentirse incluida en una sociedad o hasta actuar por el placer simple de ayudar al otro. Lo suyo es de un egoísmo profundo y unas ansias de sobrevivir terribles; siempre va a buscar satisfacerse a si misma, no importa cuan calamitosas sean las periódicas consecuencias con las cuales se le castigue. Se acostumbro al dolor como un axioma irrevocable y no existe amenaza o puesta en su sufrimiento que le haga reaccionar.

Sin embargo, siento que estoy siendo muy general ¿Verdad?

Vallamos por parte entonces…

Adiestrada en el arte de la grosería y ordinariez oral, en conjunción a una muy cuestionable política de interés, Justine nunca pierde la oportunidad de hacer sentir incomodo al espectador. No le place engañar, no está en sus objetivos la manipulación. Su maldad se versa en una espeluznante honestidad, dejando patente, desde un principio, la incertidumbre en sus acompañantes. Desea que el otro se entere de todo lo que es capas de hacer, sin tapujos ni eufemismos, desde un principio. Y como se trata de alguien muy débil físicamente y que suele disimular padecimientos insondables, utiliza la palabra y su inteligencia emocional para protegerse, dominar al otro por medio del miedo y prevenir así cualquier inconveniente…

A todo esto, ya que me veo en la obligación de adicionar, no goza de un remarcado intelecto; es simplemente muy observadora y, en su momento, también supo ser curiosa. Se ampara en las armas que le obsequian una casi perfecta empatía emocional y los aforos prácticos de su experiencia que, junto a una espesa mezcolanza de recuerdos, le ayudan a conformar ese baúl pérfido de donde saca todas sus infamias. No obstante, el juicio no es lo único precario aquí, sino que también su memoria se dilapido; Justine sobrelleva unas terribles lagunas mentales que le subyugan, de tanto en tanto; pero curioso sea que estas memorias ocultas no son siempre las mismas, y a veces se destapan solas, permitiéndole a otras remembranzas cubrirse con el piadoso sudario de un efímero olvido… como si su propio cerebro no reaccionara a segregar la amnesia común que todos tenemos para protegernos, una vez se somete la voluntad a fuertes experiencias, y le fuese tanta la información que debiera turnarse para extraviar.

…Obviamente, ésta oscilación en su cabeza no le cae en gracia…
El pasado es, comúnmente, los cimientos que constituyen a la persona; y la perdida y recuperación ambigua del mismo, aunque sea de un modo leve, tiene sus consecuencias en el organismo.

No es presuntuosa, pero ostenta una buena autoestima.
Es decir, si ella no se quiere ¿Quién lo hará? Hasta la más infausta depravación suele pintar en la mente del libertino los más tiernos artificios para hacer que el cuerpo que lo albergue sobrevivía y se le siga entregándose. Como también hay sentimientos en la maldad que entienden contar con una voluntad propia, más allá del corazón que los ampara, y redoblan la voluntad del ser para auto inflamarse.

Por tanto, se asume, que no habrá tarea más difícil que el intentar incitar su angustia y mucho menos hacerla llorar; aunque, por otro lado, la ira es un tema al cual se accede más fácil. Pero Justine no cela una ira común, racional; lo que suele liberar en sus momentos de mayor irritación es una vehemencia que le incita sexualmente, una furia que inflama las pasiones, desatando inflamaciones y, por la cual, se decanta a entregarse para lograr algo a modo de satisfacción. Es una mujer violenta, que desconoce la compasión, la piedad o hasta la caridad…porque a ella misma se le negaron estas virtudes cuando las necesito (deseando, saborear del cielo, algo más dulce que su propia sangre o las excreciones nauseabundas de los adultos que, se supone, la cuidaban). Le gusta hacer sufrir a sus víctimas a golpes, humillarlas, desorientarlas, abatirlas; ver como el dolor y la desesperación les va robando la vida a esos ojos tan tiernos hasta dejarlos exangües… porque eso la inflama y le multiplica los placeres. Si hay algo que este proyecto de niña adora, es tener el control de cualquier situación; eso le hace sentirse dueña de algo en su eterna desgracia.

Pero ya que tocamos el tema de la sexualidad (esperando que vuestros pudores me permitan colocarles nombres a aquellos excesos que la moralidad, en otros momentos más solemnes, no permitiría que le confiese a vos), me gustaría hacer hincapié en ésta.

Justine tiene por costumbre violar y abusar de niñas menores de edad (siete años máximo), con el solo objeto de complacerse a si misma y dejar que sus provocaciones no tengan riendas que los sometan y puedan ser libremente. Es evidente que no hay amor en estos impulsos. Y cuando todas esas arrebatadas energías se encuentran extintas, suele detenerse sin reparar en los traumas generados en esa menor de turno… como si la otra criatura se hubiera limitado a convertirse en un objeto destinado al amansamiento de sus caprichos.
Pero la sexualidad no solo adquiere caracteres físicos, sino que también orales con ella… y con esto me refiero a que las metáforas y analogías sexuales son parte de su repertorio común (sin ostentar a un sensacionalismo). Es en ese ámbito en donde, con mayor fuerza, se entrega a las pasiones que su mente fragua y donde, de alguna forma, se conecta con otra persona en plena vulnerabilidad. Así que, si por ejemplo, quiere darle énfasis a su pasión por la escritura, acotara algo como:

“…Usualmente le hago el amor a las letras esperando que, cuyo orgasmo, tenga como consecuencia manar de mis labios y mis dedos las más fecundas poesías. Necesito generar la concupiscencia lírica, no adoptarla...”

Por todo lo grosero que tiene, también cela cierta entrega a la literatura que le cultiva el vocablo, impregnándolo de artificios, sofismas o hasta acentos bucólicos (aunque eso último lo adopto en sus primeros años entre pastores). Ama leer, más de lo que ama estar viva. Suele sumergirse durante horas entre las páginas frondosas de algún libro grueso de tener la oportunidad; y, cuando eso pasa, toda su atención se ciñe en eso, entrando en una suerte de catatonia liviana, de la cual no acostumbra despertar hasta que ese volumen se haya consumado. Es evidente intuir que los libros, como a muchos, le ofrecen al lector una pausa de su realidad… o hasta olvidar que esta existe; sin embargo, como todo en la cabeza de alguien que es propenso a la obsesiones, esta misma practica, aparentemente inofensiva, tuvo sus gajes y prolongaciones en la enfermedad…

Y Como el quijote idealizo a su Dulcinea, Justine sublimó a su Juliette.

Tan encarnada quedo con la protagonista de Romeo y Julieta, que en su pecho se genero el deseo de encontrar a alguien que sea capas de entregársele a ella en todo ese afán ardoroso de adhesión y pasión. Una mujer que busque agasajarla, quererla, cubrir sus heridas de mimos, ignorar su fealdad; cerrarle los ojos con la tibia yema de sus dedos para que, cada noche, las pesadillas no le consuman en brazos de alguien más. Y en esa búsqueda aparentemente tan tierna y hasta compasiva, Justine tiende a reconocer a sus víctimas bajo el nombre de “Juliette” (ignorando así su verdadera identidad); pero obviamente, como la victima en cuestión no es más que una menor asustada y entregada a la más profunda desesperación, Justine tiende a enojarse muchísimo por la “falta” de su “Dulcinea” y castigar a la desgraciada hasta el hartazgo.

Sin embargo, para finalizar este escueto recontó, me gustaría dejar por sentado de que esta niña es muy conciente de lo qué hace y por qué lo hace… quizás demasiado. Razón por la cual, de sufrir algún que otro infortunio en la vida en consecuencia de sus excesos, ella lo recoge agradecida..

Porque la verdad es que de algún modo busca atizarse el corazón con vicios hasta que este cese, cansado, de todos las plétoras que se sometió y soporto. Busca razones, en su muy oculta religiosidad, para que el cielo la castigue; apela al nombre de un Dios en plena ejecución de sus crímenes solo para aumentar los índices de blasfemia, contemplando el cielo en imploración solícita, esperando que este tome desagravios contra ella y la lastime…

Desde hace mucho tiempo Justine se quiere morir…

↘GUSTOS Y AFICIONES:

♠ Las mujeres.
♠ Escribir hasta que las manos le duelan.
♠ Los libros (no importa de que genero)
♠ Los lugares húmedos, oscuros y sucios.
♠ La falta de luz.
♠ Una buena charla.
♠ Dar rienda suelta a sus caprichos.
♠ Ser castigada.
♠ Fumar en grandes y nocivas cantidades.
♠ Tomar alcohol en las mismas nocivas cantidades.
♠ Ser nociva en general.
♠ El hedor a vomito o la salitre de las lágrimas.
♠ A si mismo disfruta mucho del aroma de la lluvia y de los jazmines.
♠ Contemplar niños pequeños, de todo genero y edad, jugar o divertirse. De algún modo, espera que se le pegue su felicidad.
♠ La música de un órgano de tubo.

↘ODIOS Y DISGUSTOS:

♠ La moralina barata.
♠ Los discursos que alientan una moralina barata.
♠ Los modos sociales que solo sirven a la represión o a la segregación; entiéndase como: la repartición de valores actuales (si, quizás si las condiciones se hubieran dado distintas, ella hubiese sido una militante)
♠ Los hombres (más aún si son adultos, pasados ya la mediana edad. Los niños, mientras no sobrepasen los doce años, quedan indemnes a su desagrado)
♠ Cualquier figura religiosa; le hace recordar su deseo de redención y las pocas ganas que tiene de consumarlo.
♠ Que la situación se halle fuera de su control.
♠ Que le duela la cabeza.
♠ La nostalgia.
♠ No le molesta que la confundan con una niña por su tema biológico, pero si le emputece que la subestimen.

↘MIEDOS Y FOBIAS:

♠ A perder la cordura algún día y que no pueda hacerse cargo de ella misma.
♠ Esos momentos en donde la cólera reacciona, la domina y no le deja a su cerebro lugar para controlarse.
♠ Su llanto espontáneo.
♠ La soledad excesiva.
♠ Enfermarse (sabe que su cuerpo es muy endeble).
♠ Perder el cuadernito chiquito en donde, normalmente, decanta su creatividad escrita y cela restos de su primera Biblia.


Historia

↘Biografía::
Mi nombre es Justine Lorsange, señor; pero os suplico que dejéis en mis manos la disposición para olvidar mi apellido y colocar otro apelativo, que en su lugar me suena más correcto, propio y carente de caracteres adoptivos.

Entonces me presentaría de nuevo, padre mió, ante ti como la “Cruel Justine” de los Cárpatos.

Antes de pasar a ofreceros un breve racconto de mi vida, es preciso justificar el por que me veo en la necesidad de, ya solo por el nombre, ser tan execrable. La virtud que antes ahogaba a mi corazón con tanta caridad y alegría, es ahora una flor marchita, en cuya raíz olvidada se riegan solamente los yuyos del vicio; yuyos que hoy me impregnan su perfume y crecen donde quiera se dispone mi cuerpo, mis deseos, y por supuesto, mi corazón….

¡Soy una libertina, padre mió! ¡Y una de las peores que en este mundo haber pueda! ¡Antes, hoy y siempre!

Pero no es por redención que ahora, ante este umbral que desconozco pero que acredito como consecuencia de mi muerte: “La puerta al infierno”, me arrodillo; sino para contarte lo bien que hiciste en cerrarme las puertas de tu paraíso y hacer que a mi alma se le condenara a un justo juicio (que si bien nada alienta, ahora, a que sea mucho peor de lo que las propias vivencias me han entregado, siempre fui fiel a que la providencia tiene sus adecuados métodos de castigo)

…Y es así como he de empezar…

Si mis padres en algún momento, posterior a mi nacimiento, estuvieron vivos o estuvieron muertos, me resulta un enigma pobre del que rara vez quise investigar. La única memoria, fresca y clara, que puedo acreditar como primera (quizás porque, en sus excesos, suprime a todas las demás anteriores; pobres, imberbes, poco experiente de las desventuras que el destino me traería) es la de mi cuerpo, lacerado y frío, siendo humedecido con la orina de una de mis compañeras de confinamiento, con el solo fin, supongo, de poder desinfectar esas heridas sucias que tanto me dolían. En aquel entonces tenía unos cinco años y una apariencia física que, a duras penas, aparentaba unos veinticuatro meses de edad.

Permítame hacerle un resumen rápido de mi día a día; que, siendo presa de una rutina tan precisa, si os cuento como era el cimiento de eso ahora no me veré en la obligación de aburriros más tarde con tonterías.

Toda mi vida viví en un monasterio bien oculto entre los imponentes Cárpatos; muy cercana a la frontera escandinava, pero sin jamás abandonar tierras rumanas. Este pequeño asilo se mantenía al margen de todo, suspendido en el tiempo, escondido de las miradas turistas que se perdían, con ansias de aventuras folklóricas, entre los frondosos bosques que nos circundaban. Eran cuatro los monjes que regenteaban, en su magnitud y vertiginosidad, al imponente Lyon (el convento); ese único lugar en donde tú, Dios mió, te negabas a vernos o, por lo menos, a escucharnos. Y nosotras, las ingenuas desdichadas, que por nada juzgábamos de caprichosa tu frialdad, te implorábamos piedad como único acto de misericordia que nuestras gargantas, cansadas de gritar, podían enunciar.

…Pero no es a razón de un despecho bien guardado lo que me induce a contarte esto; solo aspiro a que, aunque sea de un modo vago, te vallas haciendo la idea, si es que mi pincel no es demasiado fino, para que tú solo puedas pintarte las amenazas que el día a día nos regalaba en total impunidad…

Estos cuatro monjes (de los cuales, a mi suerte, no les recuerdo ni el nombre pese a todo) eran los administradores principales, encargados de ese hospicio y dueños de la palabra más santa para los peregrinos que les visitaban. Nadie podía sospechar que, en una de sus torres guardaban a cuatro muchachas, las cuales el destino sometía a servir a sus nauseabundos ultrajes. Cuatro señoritas que no eran siempre las mismas; cuatro señoritas que ellos usaban y “despedían” (con la muerte) cuando se les venia el capricho; para a los pocos días “contratar” a otras, llenando sus vacíos. Por mi parte jamás tuve la gracia de sus despidos; condenada para siempre a inmolarme en una pérfida niñez aparente. El violarme les producía la vil satisfacción de estar despellejando, en todo designio, aquel juicio moral que, se supone, debía protegerme por ser tan chiquita.
Debo aclarar, por supuesto, que los nuevos “alquileres” de señoritas no eran mucho más que involuntarios; todas, de algún modo, fuimos secuestradas o engañadas para terminar entre las poderosas paredes de Lyon y quedar a la suerte del vicio.

De su vicio…

Ostentábamos una agenda muy estricta: obligadas a estar, siempre, levantadas y vestidas a las nueve de la mañana; a las diez nos traían el pan y un poco de agua para el desayuno; a las dos de la tarde servían en almuerzo (el cual, debo admitir, consistía en un potaje bastante bueno: un trozo de carne cocido, un plato de legumbres, frutas y vino para las cuatro, si la ocasión convenía con un buen comportamiento). Regularmente, a las cinco de la tarde, venía uno de los monjes a regentear la habitación, y, entonces, era cuando la decana (matrona responsable de vigilarnos; lo más parecido a una proxeneta con sus tratos) contaban nuestras faltas, de haberlas (las cuales versaban, básicamente en nuestra conducta o costumbres). Como yo, particularmente, me crié ahí, nunca tuve muchos fallos; y creo que en pleno designio mórbido, a la larga, hasta llegaron a verme como una legitima hija… de la cual podían sacar provecho a su antojo. Después de regentear (que raro era sino se “divertía” con alguna de nosotras, y frecuentemente con todas) se iba, y si no nos tocaba la cena ese día éramos libres de charlar o jugar a todo lo que nuestro escueto vigor nos permitía, encerradas en cuatro paredes; sin embargo, si además, en esa jornada, nos habíamos portado bien, pese a que esa noche podría tocarnos el no comer, nos traían un plato de entremeses y alguna fruta. Pero, sea cuando fuere (con o sin cena), debíamos acostarnos a las once. En cambio, si esa noche nos hubiese tocado comer, una campana sonaba en señal de que nos aprontemos; el mismo monje que regenteo la habitación ese día (actividad que entre ellos se turnaban o respetaban un orden propio) venia a buscarnos y nos guiaba al comedor (el cual estaba preparado, únicamente, para el uso de ellos). No obstante, una vez allí, no era la satisfacción del apetito un único objetivo. Déjame contarte, padre mió, que lo primero que hacían era leernos, de su cuaderno, todas esas faltas que hoy se les comunicaron en la habitación; y, de haberlas, nos castigaban tan duramente por ello como sus ímpetus y ardores le permitían.

Se nutrían de nuestras lágrimas, señor.

…Se nutrían con nuestras lágrimas y, a la larga, aprendí yo también a saborearlas…

Luego de la revisión, prácticamente individual y de la que alguna, en muy escuetas ocasiones, quedaba indemne, se nos sometían a las cuatro a orgías ignominiosas en donde yo, por ser la más usada y acostumbrada, era siempre traída al final para que desquitasen conmigo toda aquella brutalidad que no podían usar jamás con otras, recientemente adoptadas y poco habituadas a los usos de la carne.

…Hubo un punto de mi vida, en el cual, el dolor me abandono y pareció prometerle un espacio a un cierto resentimiento, hasta entonces ignorado… pero que, sin embargo, no podía evitar aflorar en mis ojos azules como un petróleo infame que contaminaba los estuarios de mi sumisión....

Pero no está en mis objetivos el irme por las ramas; así que sigamos…

En medio de estos ultrajes se servia la cena, en donde asistíamos convenientemente mente admitidas; la comida era muchísimo más ostentosa y abundante que la que se nos ofrecía a nosotras sin su compañía. Y, una vez borrachos y satisfechos los monjes, nos hacían entregarnos nuevamente a sus deseos, bastante más inflamados por la rabia gracias al alcohol, hasta que el agotamiento dominara sus miembros y nos mandaran acostar…

Aunque, por supuesto, siempre se llevaban a una a sus aposentos. Esta pasaba la noche con ellos y volvía, a la mañana siguiente, cerca de las siete, con ese juramento pesado y opresor sobre sus hombros que nos impedía, a nosotras, hablar sobre lo que allí se vivió. Naturalmente, como yo había estado desde siempre, no me era muy difícil intuir las ejecuciones, previniendo al monje que las había citado.

Desde los cinco años, Padre, hasta entonces, he vivido aberraciones que avergonzarían a la Venus más acostumbrada. En esos años, lejos de tu mano, siempre tomada como justa, digna de la salvación de las heridas, fui ultrajada por todos los medios. Sobre mi piel mansa y blanca se imprimieron los designios del castigo y del sexo, al mismo tiempo de que mi voluntad junto con mi crecimiento, me eran prohibidos.
Fui una furcia a su merced; una furcia que se les abría sin conocer mayor cariño que el de sus golpes; una furcia que se prestaba a cualquier cosa, conciente de que la única paga franca que tendría era que ese látigo no me partiera la espalda como tantas veces lo había hecho ya. De saber lo que era la virginidad, en ese momento, juraría el jamás haberla conocido. Era sumisa, poco expresiva; certificando que la religiosidad y el libídine iban de la mano. Que lo que me pasaba a mi le pasaba a todo el mundo.

¿Sabes tú cuanto más se inflan las pasiones si sus aberraciones son cometidas en un cuerpo que desconoce la madurez?

¿Sabes tú de que me modo se les inflamaban los ojos, al ver que el grado de su crimen se multiplicaba al saber que estaban violando a una niña?

¿Cuánto se alimentaron con mis lágrimas?

¿Cuánto disfrutaban ver la sangre brotar de entre medio de mis piernas?

Pues, mientras dejo estas preguntas, permíteme asegurarte que ese fue mí día a día… hasta que cumplí los quince años. Y ya con el cuerpo de una niña de 6 años (porque, cuanto más pasaba el tiempo, más el desarrollo se tardaba; como si mi edad alargara el camino de su eterna y parsimonica galopada) esos indignos monjes decidieron que, pues, si bien no era correcto que una mujer ostentara un puesto más alto, estaban en el siglo veintiuno y se podían permitir ciertas libertades (hipócritas).

Supongo yo que, entre tantas aberraciones, algo había en vuestros pechos que latía a modo de corazón y se tomaron el lujo de quererme.

Así que me convertí en uno de ellos; y, en esa aceptación, ocurrió también mi bautismo:

“No serás más la dulce y sumisa Justine; todas te conocerán ahora como la “Cruel Justine”. Necesitamos que se intimiden; al verte tan pequeña y tan humilde, seguro estallaran a carcajadas antes que subyugarse a las lagrimas. Necesitas desde ya una reputación, hija mía; nada tiene que servirles de consuelo ¿O es que para ti hubo tal caridad?”

La crueldad, desde entonces, a sido mi sello, la marca indiscutible de mis acciones; lo único que me genero una genuina identidad. Pero no detallare mucho esta parte, no pido de vos la redención.

Fui una becada en el arte de lo facineroso y de lo ruin; al principio, una discípula que solo se negaba a obedecerles, a las lágrimas, porque bien conocía el dolor de todas aquellas cosas que me ordenaban ejecutar sobre el tierno cuerpo de las nuevas victimas. Y, como entre mis piernas no había nada similar a un falo, trataban de enseñarme a sustituir la carencia con los dedos o las velas; jurándome un castigo peor que el que pudiese tener cualquiera las victimas, si no les obedecía

Entonces al desagrado se le superpuso el gusto; al horror el placer; y al remordimiento la costumbre. Producto del paso de los años.

Es hasta amargo el darme cuenta de que, al principio, todo lo hacía por que su aceptación me había otorgado mayores beneficios: pude aprender a leer y, con ello, descubrí mi muy oculto y privado amor a la escritura; del mismo modo conocí la alta costura y las delicias de un fino bordado; se me había permitido un cuarto único, para mi sola, en donde podía disfrutar de las consumaciones de un buen abrigo; mis comidas eran tan suntuosas como las de ellos; y, sobre todo, al fin se me permitió salir al jardín a jugar con algún amigo imaginario de turno.

Pero pronto todo lo cotidiano empezó a hacer estragos en mí y corromper a lo único que sus desenfrenos no habían podido tocar.

Me olvide de la santa providencia, al favor del libertinaje, de la impostura; disfrutando de ser alguien, de tener el control de algo, de ser tomada enserio por primera vez. Fui una con las abundancias y aprendí a disfrutarlas en plena apetencia terrible. Al punto que, hasta el día de hoy, puedo confesar que mis mismos arrebatos ya no eran contentados con un brutal orgasmo, sino que necesitaba a mi satisfacción compensada con la muerte…

…Y ahí les resulte una amenaza….

Al principio lo vieron divertido; como esos padres que aplauden las travesuras inocentes de sus hijos.

…Pero luego creo que mis improvisaciones no les resultaron tan graciosas…

En esa ultima orgía (en la cual participe como una de las principales victimarias) ante las miradas atónitas y doblando los papeles, mate por puro capricho a uno de mis compañeros, a golpes, utilizando el mismo látigo con el cual me habían sodomizado tantas veces. Le pegué con tal fuerza que la carne en su robusta espalda no tardo en despegársele y los huesos en crujir.

Me sentí tan… libre
Tan… fuerte

En aquel momento recordé, una por una, todas esas compañeras que había tenido a lo largo de mi vida y que, injustamente, se convirtieron en victimas de un brutal desenfreno, de crímenes atroces. E hipócritamente me sentí vengarlas.

Mis tres verdugos, aprovechando el agotamiento que supone la punción de muerte, mejor conocida como orgasmo psicológico, me colocaron rudamente en un saco y me arrastraron, cuesta arriba, por las montañas. No tuve fuerzas en ningún momento para defenderme, ni tampoco lo quise; solo se me ocurrió que, ese justo instante, el último de mi vida apartante, era correcto una reflexión: sobre mis crímenes, sobre sus crímenes y, sobretodo, de tú indiferencia. Porque pese a lo adormilada que estaba, torpemente metida en ese costal, pude escuchar los gritos de las chicas, gritos que surgían como hijos de un terror indecible; cuyas dueñas estaban desesperadas en la torre, traumadas aún por el cínico espectáculo que les obligue a presenciar.

La culpa, esa que jamás sentí, allí me devoro; y, mientras me tiraban al río y quedaba a la suerte de la marea, cerré los ojos, esperando morir.

De golpe, la humedad se hizo aire; y lo que abajo creía como un grueso piso de piedras y peces, ahora era césped frío, cubierto de roció.

…Abrí los ojos y me tope con este par de rejas negras...

Que sufrir, me sea entonces, un propósito más.

Yo de nada me arrepiento…

Pero no por libertina…

Sino que por humana…

¿O es que tú negarías ese poquito de luz que se te ofreció?

Yo siempre estuve hundida, oscura y hediendo a humedad.


PERTENENCIAS

♠ Un cuadernito chiquito, de pocas hojas, bastante desvencijado, en donde escribe su poesía improvisada y guarda algunas paginas de la Biblia prolijamente dobladas.

♠ También lleva consigo un tomo de bolsillo de poetas franceses anónimos. Es cierto, ya todos se los sabe de memoria, pero no le importa.

♠ Un rosario de madera sucia; que hiede a orina y sangre añeja.

♠ Una daga pequeña, forjada en hierro y repujada con algunos arabescos de imitación. No está afilada y se puede notar oxido en la punta; normalmente, tenía uso más de machete que de cuchillo.

♠ Un pañuelo blanco, en cuyo reverso se encuentra bordado el nombre “Juliette” en hilo negro.


Extras

♠ Sufre de migrañas intensas; las cuales, normalmente desembocan en vómitos o crisis convulsivas. Sus disparadores son diversos: grandes frustraciones, ansiedad, angustia, furia o cualquier sensación vehemente que le haga sentir que pierde el control.

♠ Cuando se obsesiona con alguien, suele llamare a ésta su “Juliette”; desposeyéndola de su verdadera identidad apelativa y no reconociendo le el nombre real.

♠ En los momentos que consuma un crimen, suele repetir en voz baja los nombres de cada una de sus victimas: desde la primera, hasta la última, sin olvidar siquiera sus apellidos. Aquí la memoria parece no tener ningún estrago.

♠ Cuando está asustada es para ella imposible evitar recitarse los salmos de memoria que recuerda de la Biblia, como en un canturreo bajito y quebradizo.

♠ Además de escribir sabe coser, bordar y cocinar; y si bien muestra un excelente desempeño, de ser posible lo evita.

La vida en el monasterio está basada en una de las vivencias de Justine, una de las protagonistas del cuento del Marqués de Sade: “Los infortunios de la virtud y el vicio del placer ampliamente recompensado”
.



Personaje Original

↘NOMBRE ORIGINAL DEL PJ:
"I won't fight anymore"

↘LUGAR DE DONDE LO SACASTE:
Laphet (Artista)

Creación de AlbaTHG97para SC/a>

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Re: The poor, ugly and grotesque Justine

Mensaje por Dahlia Carnation el Dom Mar 24, 2013 4:21 pm

" Tus infortunios serán los que marquen tu destino, puesto no se puede valorar que tan brillante es una virtud sin haberlos sufrido, y tu los tienes tan marcados en la piel que los conoces más que la palma de tu mano. Una nueva oportunidad tienes frente a tus narices y no emitiré juicio alguno hasta que tus actos así lo designen. Actúa sin premura si no quieres ser marcada con la misma cruz otra vez.

Aunque como tu pluma no posee pudor, tampoco lo posee tu ser."

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